Nushin R.

Conocí a mi preciosa Hoda, mi arcoíris, desde que abrió sus ojos a este mundo.

Soy su tía materna. Vivíamos en la misma ciudad: la ciudad de Sari, donde ella nació en un sanatorio. Recuerdo que en ese momento había un virus o algo así, y el médico recomendó que trajeran al bebé a casa hasta que le dieran el alta a la mamá, mi hermana. Yo tenía unos 14 años y me hice cargo de Hoda. Me quedé en la casa de ellos, la cuidé, le cambié los pañales, le daba la leche… hasta que su mamá volvió a casa.

Recuerdo desde pequeña sus ojos tan expresivos, tan bellos, cómo miraba. Era impresionante, muy observadora. Creo que hasta el último momento de su vida, sus ojos hablaban por sí solos.

Desde bebé ya mostraba su gran capacidad de observar. Sus ojos miraban a todas partes. Le encantaba observar: colores, movimientos… Tenía solo unos días de vida y ya giraba a la izquierda, miraba con esos ojos preciosos y se reía.

Como tía, puedo contar que lamentablemente no tuve el placer de estar mucho tiempo con ella, porque fue la época de la revolución islámica, que también fue muy dura para toda su familia. Tuvieron que emigrar y abandonar el país por profesar la Fe bahá’í. Estuvieron de un lado al otro, y creo que eso marcó profundamente la vida de Hoda, su hermana, su mamá y su papá.

Pero sí, a pesar de los momentos muy tristes —de pérdidas familiares en Irán—, tuvimos el placer de reencontrarnos en Inglaterra. Allí, la tía y su sobrina hermosa volvimos a estar juntas. Ella era pequeña y su hermana Neda recién nacía. Jugábamos, las contenía, porque fueron momentos muy duros, muy difíciles.

Estamos convencidos de que después de cada crisis vienen las victorias. Eso nos pasó a todos los miembros de la familia tras abandonar nuestro país por la revolución islámica.

Recuerdo que una de mis hermanas, Oma, otra tía de Hoda, se quedó en Irán terminando su carrera de obstetricia. Se recibió, se casó, y estando embarazada falleció junto a su esposo en un accidente. Nos enteramos tarde, por teléfono. Vivíamos en Inglaterra, en una casa con Hoda y sus padres. El mismo día que nos enteramos del accidente, traían a Neda del sanatorio a casa. Hoda era aún pequeña.

Yo, que a veces digo que soy la oveja negra de la familia —aunque no a todos les gusta que lo diga—, debía mostrar fortaleza. Tenía que contener a mi mamá, a mi hermana que acababa de dar a luz, cuidar a un bebé, a mis hermanas y hermanos pequeños. El mundo parecía derrumbarse, y yo tenía que correr, cocinar, limpiar…

Tenía una cuna tipo changuito donde ponía a Hoda con juguetes mientras hacía las tareas. Un día volví y vi algo tan bonito, tan artístico, que desde ahí supe que tenía aspiraciones artísticas: había quitado su pañal (quizás por celos ante la llegada de su hermana), y se había expresado de forma creativa con lo que tenía a mano. Por supuesto, la limpié, la bañé, higienicé, y también limpié la casa que esperaba la llegada de su mamá. Hermosas anécdotas, aunque compartimos poco tiempo.

Solo puedo decir lo que dijo ‘Abdu’l-Bahá: Ella era realmente una verdadera bahá’í.

Estaba dotada de todas las cualidades humanas en potencia: hablaba con su silencio, era generosa, bondadosa, tolerante y comprensiva. Tenía todas las cualidades que Dios pone en cada ser humano.

Lamentablemente, nos separamos de nuevo por las migraciones. Si hubiese estado más cerca durante su niñez y adolescencia, le habría dicho: “No sufras”. Porque ella sufría en silencio. No hablaba, no gritaba. Guardaba todo. Y eso enferma el alma. Qué lástima no haber podido decirle: “Defiéndete, no sufras”.

No hace falta decir mucho. Cualquier persona que estuvo en contacto con Hoda —en el trabajo, en actividades bahá’ís, en el vecindario, la escuela, la universidad— sintió su influencia.

Durante su enfermedad y en el velatorio, observaba a cada alma que venía a verla: todos hablaban de cómo ella había tocado sus vidas. No con palabras, sino con acciones. Fuese compañero de trabajo, vecino, amigo, padre o madre de un compañero de Drazen… todos habían sido marcados por ella.
Hoda era parca en palabras y abundante en hechos.

Dejó una frase que creo la representa por completo:
«Haz tu vida de manera tal que aquellos que reían cuando tú al nacer llorabas, lloren cuando tú al morir sonrías.»

Nushin R.

Tia materna, San Juan, Argentina
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