Mi nombre es Mohsen Purahmary, vivo en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.
Los primeros recuerdos que tengo de Hoda fueron precisamente en la ciudad de Santa Cruz, cuando ella vino de servicio por un tiempo, ya que la AEL tenía un proyecto de servicio para jóvenes de todos lados. Entre esos jóvenes ardientes por el amor a la Fe estaba Hoda, una joven que venía de Argentina. El recuerdo que más tengo de ella fue cuando un día fuimos a un paseo fuera de la ciudad. Había muchos jóvenes, había una laguna donde nos bañamos, hicimos un almuerzo entre todos y compartimos un momento muy agradable. Hoda era una chica muy respetuosa, educada, atenta, haciendo honor a sus servicios por la Fe.
La segunda vez que la vi fue en Santiago de Chile, en el proyecto de construcción de comunidad que acompañaba a la construcción física del Templo Madre de Sudamérica. Si no me equivoco, fue el año 2011. En ese entonces había varias personas que habían acudido a la llamada de la comunidad de Chile para expandir la Fe y las actividades básicas. Ahí fue que la encontramos nuevamente a Hoda, ya con su esposo Marcos, el cual también había servido en su momento en la comunidad de Santa Cruz de la Sierra. Así que para mí fue como encontrar a dos hermanos nuevamente en un proyecto de la Fe.
En Santiago compartimos no solo actividades de la Fe, sino muchas actividades y encuentros personales con Hoda y Marcos. Estrechamos más los lazos de amistad, y los dos rápidamente llegaron a ocupar un lugar muy importante en mi familia, porque también, de ambas partes, estábamos solos y cortos de familia cercana.
Tengo un recuerdo muy vivo con Hoda, que fue la primera vez que salimos a un barrio de Santiago a visitar a algunas personas cercanas a la Fe. Nos topamos con una señora mayor, la cual era simpatizante de la Fe, y cuando llegamos a su casa nos recibió muy amable. Después de una breve charla, la señora se levantó a servirnos algo de tomar, y aproveché para decirle en persa a Hoda que le preguntara si quería aceptar la Fe. Hoda se puso nerviosa y me dijo: “¿Cómo le voy a…?”
Hoda me decía que nunca había estado en una situación así, en la que alguien pregunte tan directo a una persona si quiere ser bahá’í. El rostro de Hoda estaba iluminado cuando escuchó que la señora quería aceptar. Su expresión, para mí, es inolvidable.
¿Qué más puedo decir de Hoda? Era una persona que emanaba luz propia, que hacía sentir a cualquiera en confianza. Te hacía sentir que había mucho espacio para todos en su corazón, ese corazón tan enorme que siempre lo llevaba en sus manos.
Personas, así como Hoda deberían estar más tiempo en este mundo material, porque el mundo necesita más de su calor, humildad y grandeza. Era un ejemplo vivo del amor, una representante de las enseñanzas de la Fe, una luz que alimentaba y cobijaba a cualquier alma, sin ninguna maldad y con tal sencillez que nadie dudaba en estar cerca de ella.
Yo, en particular, disfrutaba mucho de las charlas interminables que teníamos en Santiago con Hoda y Marcos, tomando té y compartiendo experiencias de vida. Y los extraño también mucho.
Los dos fueron como dos hermanos, aunque no de sangre, pero sí de alma y de todo corazón. Espero que esa sensación me dure por el resto de mi vida.
Pero también digo que un alma como la de Hoda es tan grande y tan luminosa, que ya no cabía en este mundo material, y que a Dios le debe servir más en su mundo que en este. Esas almas seguirán iluminando y alimentando los mundos de Dios por la eternidad.
Una persona tan grande y bella de alma y corazón, que vivirá en nosotros, porque sus huellas fueron tan profundas que es imposible borrarlas.
Grande, Hodita… muy grande.