Mertxe A.

Recuerdo muy bien el primer día que conocí a Hoda. Yo me acababa de mudar a Banyoles, un 1 de enero de 2015. Al día siguiente, el 2 de enero, mi vecina Carme me llamó a la puerta para que bajara a desayunar con unos amigos que tenía en casa. Entre todos esos amigos estaba Hoda, que me llamó la atención por su sonrisa sincera, su carácter cercano y amable, y por un brillo especial que transmitía, que enseguida me hizo sentir cómoda y acogida. Su mirada reflejaba la calidez y el amor de su gran corazón.

Ese mismo día, después del desayuno, fuimos a pasear alrededor del lago de Banyoles. Pasamos casi toda la vuelta hablando las dos, como si fuéramos viejas amigas que se conocían desde siempre. Su carácter tan abierto, amable, divertido y empático me cautivó. Desprendía una gran sinceridad y humildad. Tenía un humor ingenioso y una simpatía contagiosa. Hablamos de muchas cosas, porque con ella se podía hablar de cualquier tema, ya que era inteligente, mentalmente abierta y audaz.

Ese día compartimos vivencias, experiencias y conectamos a un nivel espiritual que no recordaba haber experimentado con nadie antes. Hoda era muy espiritual y tenía mucha fe. El aura de paz que la envolvía tenía que ver con esa confianza en Dios, que le hacía confiar en la vida y, por ende, en las personas. Desprendía amor por la humanidad y una gran empatía por todos los seres. Ese magnetismo de Hoda hacía que quisieras estar cerca de ella, y esa vivacidad y comprensión que tenía hacía que quisieras hablar y compartir con ella por horas.

Después de ese día, establecimos una gran amistad que fue creciendo cada vez más. Ese mismo año, empecé con ella y su marido, Marcos, unas clases maravillosas en las que ellos me formaban en valores y espiritualidad. Hoda tenía una forma de transmitir y enseñar muy sencilla, clara y profunda a la vez. Además de amor, tenía un corazón rebosante de generosidad y respeto hacia los demás. Podía ver en ella su dedicación y contribución apasionada para hacer de este mundo un mundo mejor. Hablaba y hacía lo que sentía, y su sentir venía del corazón, sin juicios ni críticas, puro y verdadero.

Tengo muchos recuerdos de Hoda, y todos son bellos y llenos de alegría. En su piso en Girona compartimos reflexiones, risas, fiestas de cumpleaños con todos los que nos reuníamos, y momentos de devoción y fe. Recuerdo con mucho cariño la fiesta de cumpleaños que celebré con ella, con Marcos y con Neda, su hermana, en Malgrat. Aún guardo la banderita de felicitación que ella me hizo para el pastel. Todo lo que hacía, lo hacía con mucho amor. Descubrí también que ella era una gran artista, diseñadora, pintora y de gran creatividad. Hacía de su vida una obra de arte y, con gran humildad, la compartía. Mostraba una gran sensibilidad tanto en lo creativo y artístico como en lo espiritual y emocional. Era una persona brillante en todos los sentidos y gozaba de una gran belleza interior que se reflejaba en su exterior. Llevaba una vida matrimonial en coherencia con su sentir, y pronto ese sentir se extendería hacia Drazen, quien nació dos años después, para la gran alegría de los dos y de todos los que la amábamos.

Por cuestiones de la vida, Hoda y su familia se fueron a vivir a Sabadell, y lo sentí muchísimo, ya que sabía que la iba a echar mucho de menos. Aunque sabía que el amor y la amistad siempre perduran, la distancia física no nos brindaba la oportunidad de compartir nuevas vivencias ni disfrutar de la mutua compañía. Durante un tiempo nos llamábamos y nos enviábamos audios bíblicos. Escuchar su voz siempre era una alegría para mí. Sin embargo, poco a poco, el ritmo de nuestras vidas hizo que dejáramos de llamarnos o enviarnos audios. Aunque durante años no nos vimos ni supimos la una de la otra, ella había dejado una huella en mi corazón que era imborrable. Cada vez que la recuerdo, un gran sentimiento de amor y amistad me invade, al igual que un profundo sentimiento de admiración y honra por el bello ser que fue y por todo lo que ofreció al mundo.

Mertxe A.

Amiga de Banyoles, España
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