Hoda, para mí, fue y será una persona maravillosa.
Yo la conocí en una reunión devocional del Instituto Bahá’í. Cuando la vi por primera vez, sentí su sonrisa, su cariño hacia los demás.
Me contagió de su alegría, su optimismo de ver la vida y de disfrutar cada momento. Desde ese momento fuimos amigas, y compartimos muchos momentos buenos, alegres, y también porque coincidíamos en la salida de nuestros hijos en el cole.
Mujer con muchos valores: de amor, de alegría, de ayuda y de protección, especialmente a su familia, y ayuda en lo posible a todos los que la rodeaban.
Cuando se marchó de este mundo terrenal, dejó una huella inmemorable en cada corazón de quien compartió, simplemente, o la conoció por su mirada, por su sonrisa, por su alegría.
Y fue una mujer muy decidida, generosa, amable, sencilla.
Una persona que —lo más, lo que más me destacó de ella— fue su aceptación: esa aceptación de la voluntad de Dios. Aceptar todo lo que Él había enviado para ella, con una fuerza de voluntad, con una alegría que parecía que nada malo estaba pasando.
Esa es mi admiración para ella.
Por eso digo: vuela, vuela Hoda, pero nunca dejes de sonreír.
Y te quiero mucho, Hoda.