Recuerdo la primera vez que conocí a Hoda. Fue en una reunión de diferentes países en Colombia. Me saludó con mucho amor, como si me conociera de mucho tiempo. Cada vez que me hablaba, irradiaba un calor humano que hacía que uno quisiera estar en su compañía. Además, era hermosa, con ese cabello largo, negro, y esos ojos brillantes.
Otro momento que me impactó —de esos primeros días que la conocí— fue una intervención que realizó en esa reunión. Habló con tanto fervor, erudición, tan profundo, que solo sentí admiración por esa sierva de Dios.
A partir de allí, cuando la volví a ver en otra etapa de servicio de su vida en Chile, cada vez que la escuchaba, aprendía tanto de ella: de su profundidad, de su gran firmeza en la Fe, de su amor incondicional a Bahá’u’lláh y de su amistad genuina. Fue una de las pocas personas en mi vida con quien sentía que teníamos una conexión del alma. Podíamos pasar horas hablando y hablando, de asuntos profundos de la vida, del servicio… pero también disfrutaba mucho de su sentido del humor, que era lo suficientemente humilde como para reírse de sí misma.
Una vez enfermé y ella vino a cuidarme a mi casa. Cocinó para mí, se quedó a mi lado y no se iba a ir, si no fuera porque yo insistí para que no descuidara los asuntos que tenía que hacer en el día. Actuaba como mi propia familia. Cuando le contaba algo, podía sentir que me escuchaba atentamente. Todo era muy personal. Esa era una de las características que más admiraba de ella. Y trataba así a todas las personas: con mucha cercanía. De verdad, una luz cálida que atraía.
Una vez se organizó una fiesta sorpresa para su cumpleaños. Había mucha gente y todos recibieron atención de ella. Se notaba que los amigos presentes —jóvenes, niños, adultos— la querían muchísimo. No digo esto porque ella ya no está en este mundo material; realmente así fue esa reunión.
Yo admiraba mucho lo generosa que era con su tiempo, amor, recursos. Siempre atenta y pendiente de otros. Una vez me dijo que, cuando uno se acordaba de otra persona, debía escribirle o llamarla inmediatamente. Quizá estaba pasando algo en su vida que necesitaba una mano. Siempre recuerdo eso e intenté llevarlo a la práctica.
Así fue que, a pesar de la distancia en los últimos tiempos, pensaba mucho en ella. Le escribía, mandaba mensajes, pero ella no contestaba. Me parecía extraño, ya que siempre me había contestado. Pero seguí insistiendo hasta que finalmente me respondió, y acordamos tener una videollamada. Me contó la prueba de salud que estaba atravesando, con mucha radiancia, tranquilidad… y en vez de que yo haya sido un soporte, ella lo fue para mí. Me mostró una vez más su templanza y me transmitió una paz y serenidad que solo pueden sentir las personas con alma pura como ella.
Quedamos en volver a hablar, pero esa fue la última vez. Me quedo con ese recuerdo de una amiga incondicional, amorosa, que amaba profundamente a su hijo y a su esposo, y que era capaz de brindar amor con ese gran corazón a muchas personas. Fui una de ellas. Agradecida por su vida en mi vida, hasta que nos volvamos a ver.