Ivanna G.

Recuerdo que conocí a Hoda al principio de la década del ’90. Éramos vecinas. Hacía poco que me había mudado a la calle Pellegrini y ella, junto con su familia, vivía a la vuelta, por calle España. Tenían como vecina a la abuela de Leticia Uano, una señora cuyo nombre no recuerdo. Leticia, su nieta, era mi compañera en la escuela, y a veces nos juntábamos a jugar con Balbina, otra compañera. Pero tanto Balbi como Leti no vivían por allí, sino que estaban en casa de sus abuelos. Fue a través de ellas que conocí a Hoda y a Neda.

Éramos muy pequeñas. Cada tanto nos veíamos, tanto con Hoda como con Neda. Yo las quería mucho a las dos; eran chicas muy buenas. Así fue creciendo una amistad de vecinas: en algunas épocas nos veíamos más, y en otras, no tanto. Recuerdo que algunas veces le prestaba la bicicleta a Hoda. Ella me decía que gracias a eso pudo aprender a andar en bici. Siempre fue muy agradecida y amable, una persona con un buen corazón, muy estudiosa, pero también muy sencilla. Para mí siempre fue muy querida y muy buena. He conocido pocas personas así. Nunca la escuché quejarse, ni criticar, ni hablar mal de alguien.

También conocí a su mamá y a su papá, que eran muy amables y atentos. Con los años, mi familia y yo atravesamos un problema económico por el cual perdimos la casa. Años después, las visité en su casa de La Plata y Patricias, y nos seguimos encontrando de vez en cuando.

Perdón… no puedo creer que no la vuelva a ver más. Es triste. Estoy muy agradecida de haberla conocido. La quise mucho y espero que Dios la tenga en un buen lugar.

Recuerdo que en esa época, cuando éramos vecinas, ella iba al secundario de Bellas Artes. Hacía unos cuadros hermosos, pintados, y también otras obras con otra técnica —no sé si eran impresiones—, no recuerdo bien. Me regaló varios dibujos que me inspiraron a dibujar yo también. En ese entonces le gustaba mucho el color magenta en los óleos. Fui a ver varias veces sus obras en exposición, incluso en su escuela de la calle Arístides, donde estaban los talleres del Colegio Bellas Artes.

A veces hablábamos de religión, de Dios, de cosas espirituales. Siempre fui católica y lo sigo siendo, pero compartíamos pensamientos al respecto. A veces leíamos oraciones bahá’ís y me contaba sobre Bahá’u’lláh. Fui a algunas reuniones, como el Año Nuevo bahá’í. También me enseñó algunas palabras en su idioma… ¡jajaja! algunas malas palabras, nos reíamos porque me las aprendí rápido.

Me escuchaba cantar una canción que a ella le gustaba. Era en inglés. No recuerdo mucho, pero me parece que le gustaba mucho ese idioma, el inglés.

Pasaron algunos años sin vernos, aunque nos cruzamos en algunas ocasiones, hasta que me contó que hacía un tiempo que vivía en España.

Hoda era una persona muy querible, al menos para mí. Era buena, tranquila, podías conversar con ella y siempre veía lo positivo.

Recuerdo también un gesto muy bonito que tuvo una vez, cuando todavía éramos vecinas. Estaba haciendo un curso de fotografía y me sacó una foto del rostro. Me la regaló enmarcada, con un marco azul.
Respecto a quienes la rodeaban, imagino que habrán recibido de ella mucho amor y bondad, porque era una persona con un espíritu muy limpio y bueno. Pienso que la van a extrañar muchísimo.

Recuerdo que en su casa siempre había un aroma particular. Era de un condimento que usaban en la cocina, creo que su mamá lo usaba. Una vez le pregunté, pero olvidé el nombre. Su mamá cosía ropa con la máquina, se notaba que era muy habilidosa.

Me gustaba mucho merendar en su casa. Hoda hacía unas combinaciones que yo no conocía: pan con queso cremoso y nuez, o manteca con miel, mezclados en un platito y luego en el pan. También conocí el pistacho, que en esa época nunca había probado. Cocinaban muy rico y original. Al menos para mí, era todo novedoso.

Conocí a muchas personas por medio de ella, amigas de su escuela y facultad. Era una persona sociable.
Por último, envío un cariño inmenso a toda su familia, que seguro la extrañará muchísimo. Y quiero decirle a Drazen que lleva en su sangre la descendencia de una mujer muy especial, excepcional. Lamento mucho que ya no esté. Por lo buena que era, por su fe y confianza en Dios, por todas sus actitudes admirables. Era una persona humilde y, a la vez, muy culta. Con ella podías confiar: si le contabas un problema, no iba a ser indiferente, te iba a aconsejar, a ayudar, a escuchar. Era una persona que no te iba a defraudar. Alguien realmente valiosa. Muy servicial, atenta, cálida y alegre.

Deseo que su hijo tenga siempre una hermosa vida, que sea feliz a pesar de las pruebas difíciles que a veces encontramos. Mucho ánimo y fuerzas para todos los que la pudimos conocer, y que ahora debemos dejarla descansar en paz. Confío en que Dios la tiene en su gloria. Mucha paz y consuelo para toda la familia.

Ivanna G.

Amiga Mendoza, Argentina
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