Mi querida Hoda, fuiste una mujer fuerte, comprometida y sensible. De esas personas que hacían sentir a gusto a quienes les rodeaban. Conocerte ha sido un verdadero regalo, una lección constante de sensibilidad y empatía, porque siempre tenías un gesto amable y una sonrisa que te nacía del corazón.
Contigo compartí la organización de la fiesta del colegio de nuestros niños, las obras de teatro, las clases de gimnasia, y luego esas charlas en el parque hasta que anochecía, donde podíamos pasarnos una hora despidiéndonos y volviendo a retomar la conversación. Siempre, con tu sonrisa, tu asertividad e incluso tu «excesiva» complacencia, era tan fácil disfrutar de tu compañía.
Me resulta difícil escribir sobre ti, Hoda, por la profunda tristeza y la rabia de saber que ya no podremos compartir más momentos juntas. Aun así, siempre te llevaré conmigo, y bailaremos juntas nuestra rumba de la amistad.