Este es el relato de lo que recuerdo y las oportunidades que he tenido de compartir con Hoda.
Bueno, yo conocí a Hoda telefónicamente, porque ella servía en la Junta de Instituto y era quien estaba pendiente de las necesidades materiales que teníamos las personas que estábamos sirviendo como coordinadores. En la primera conversación que tuve con ella, realmente me pareció una persona de otro planeta. Era como un ángel, una muestra de la misericordia de Dios entre nosotros.
Jamás preguntó en qué se iban los recursos materiales o nos pidió que le rindiéramos reportes. Siempre estaba pendiente de las necesidades, agradeciendo todos nuestros esfuerzos y sacrificios. Siempre fue un apoyo, una persona con un corazón puro en nuestras conversaciones, y con una confianza en los demás y en su entorno que se notaba en la manera en que nos trataba y abordaba temas tan delicados.
Esas fueron mis primeras interacciones con ella por teléfono. Siempre me decía: “Bueno, vamos a hablar cinco minutitos”, y al final nos quedábamos charlando una hora entera. Hablábamos de nuestras familias, de cómo aplicar los principios de la Fe: la paciencia con los amigos, la suerte que teníamos de servir, de comprender algunas cosas que Bahá’u’lláh nos quería hacer entender.
Un tiempo después —no sé exactamente, tal vez un año y medio o dos años— tuvimos la oportunidad de conocernos personalmente, junto con Marcos y con Drazen, que era muy pequeñito. Recuerdo que tuvimos una conversación muy larga y profunda sobre nuestros hijos, sobre cuánto nos preocupaban, porque son seres muy especiales. Hablamos de su sensibilidad, del temor a su sufrimiento… de la gran encomienda que teníamos, que Dios nos había confiado con esas criaturas.
Estuvimos en casa y Drazen y Arian conectaron muy bien. Fue también como un signo de nuestra propia conexión espiritual. Luego fuimos a un parque, dimos un paseo… me acuerdo que Arian y Drazen no se despegaron para nada. También estaba Andrés. Pasamos un rato muy reconfortante.
Esa conversación me dio mucha esperanza, me hizo ver que no estábamos solas y me permitió ver las cosas desde otro punto de vista.
Cuando nos despedimos, lo hicimos con la promesa de vernos más para apoyarnos y compartir. Pero no nos volvimos a encontrar físicamente.
Después seguimos en contacto. Ella me contaba que querían enfocarse más en la familia. Por supuesto, nunca dejaba de servir, pero se estaba planteando dejar de servir en instituciones y agencias, porque sentía que era una etapa en la que necesitaba apoyar a Drazen, estar ahí para él. Era como si supiera que tenía que dar el máximo durante esa etapa para dejarlo todo bien cimentado.
Después de que Hoda ya no servía en la Junta, yo seguí un tiempo como coordinadora, y luego también me retiré del servicio, porque nuestro hijo Arian enfermó de la misma enfermedad que tenía Hoda.
Hemos pasado un año sobreviviendo, viviendo con alegría e intentando hacerlo lo mejor posible, pero muy retirados por el tema de la inmunodepresión y todo eso.
En una ocasión, conversando con Virginia, que había venido a visitarnos con mascarilla y todo me dijo: “Vamos a orar también por Hoda, porque también le han diagnosticado cáncer”.
En ese momento yo estaba muy sensible con todo lo de Arian, y me impactó. Supe que sería un camino que iba a requerir mucha fuerza, mucha confianza en Dios, mucho apoyo.
Después hablé con Hoda. La llamé. Algunos amigos me decían: “No te desesperes si no te contesta, capaz que no se siente bien o está con su familia”.
Pero tuve la suerte de que, en una de esas ocasiones, Hoda recibió mi llamada… y hablamos.
Realmente me sorprendió —de nuevo— y mostró lo que ya sabíamos: su dulzura de alma. Se dedicó a consolarme a mí, a felicitarnos por el trabajo, a asegurarme sus oraciones por nuestro hijo… y casi que fue ella quien me sirvió a mí.
Nosotros también le aseguramos nuestras oraciones.
Recuerdo claramente que su deseo era estar con sus seres queridos, con Marcos y con Drazen. Quería ser parte del proceso de crecimiento espiritual de su hijo.
Me dijo una frase que siempre recuerdo:
“Claro que yo quiero quedarme. Quiero acompañar a mi hijo en este camino espiritual. Es lo que más me encantaría en el mundo, lo que me daría mayor satisfacción. Pero si no es la voluntad de Dios, si Dios ha decidido que me tengo que ir, que es mi momento… bueno, así será.”
Y luego me dijo que me mantuviera firme, que rezara, que comprendiera, que cuidara de Drazen y de Marcos.
Eso fue lo que me expresó.
Esa fue la única vez que pude hablar con ella por teléfono. Luego intercambiamos audios y mensajes, siempre con esperanza, siempre haciendo su parte, confiando en Dios Todopoderoso, en Su poder, en Su fuerza, en que para Dios nada es imposible.
Y a la vez, siempre dispuesta a aceptar Su voluntad, lo que Él decidiera hacer con ella.
Eso puedo decir del paso de Hoda por mi corazón.
Tengo claro que ella está con vuestra familia desde otro plano, con mucha fuerza. Que está gozosa cuando os ve contentos, cuando os ve en armonía.