Recuerdo con mucho cariño la primera vez que conocí a Hoda. Fue junto a mi esposo, cuando fuimos a visitar a Hoda y Marcos en su casa de Salt, en Girona. No podría decir la fecha exacta, pero fue durante el primer trimestre de 2015, aproximadamente. Mientras mi marido conversaba con Marcos, yo tuve la dicha de compartir un buen rato con Hoda.
El motivo de nuestra visita era conversar sobre la posibilidad de que ella ofreciera un servicio dentro de la Junta Nacional del Instituto, dada su amplia y valiosa experiencia. Estuvimos hablando durante bastante tiempo sobre su disponibilidad, la importancia del proceso de capacitación, sobre lo que ese servicio implicaba… Recuerdo con claridad cómo aceptó ese desafío con gran humildad y una actitud sincera de aprendizaje. Ella misma decía que no conocía bien la comunidad española y que se trataba de un servicio a nivel nacional, pero su entrega, su fe y su confianza en Dios eran mayores que cualquier duda.
Tuvimos también la oportunidad de compartir a un nivel más personal. Hablamos de nuestras experiencias personales, de sus raíces, de su familia, sus amistades, y de la hermosa vida de amor y servicio que compartía con Marcos. Me habló también de sus ilusiones, de su visión del futuro… y en ese diálogo se revelaba su alma luminosa.
Desde el primer instante me cautivó su sonrisa, su hospitalidad, su cercanía… y, sobre todo, el amor sincero que transmitía. Fue una sensación muy especial, como si nos conociéramos de toda la vida, aunque era la primera vez que nos veíamos. Salimos de su casa con el corazón rebosante de alegría y un profundo agradecimiento a Dios por habernos permitido conocer a dos almas verdaderamente enamoradas de Bahá’u’lláh.
Después de aquel encuentro, tuvimos la fortuna de coincidir en varios espacios de servicio. Siempre la vi como un ejemplo: en cada consulta volvía a la Guía, sabía con claridad qué mensaje podía inspirar la conversación, y tenía una memoria prodigiosa para recordar los Textos. Su forma de consultar era serena, centrada, siempre con amor y con propósito.
Y aunque me dolió profundamente verla en sus últimos días en este plano, también entonces fue para mí un ejemplo de entrega y fe. Aceptó con serenidad la Voluntad de Dios, y hasta el final siguió compartiendo las enseñanzas de Bahá’u’lláh con sus amistades, acompañándolas en su camino espiritual, orando con ellas en su propio hogar. En todos dejó una huella profunda de amor y luz.
Me faltan palabras para expresar todo lo que viví y sentí con Hoda. Pero lo que sí puedo decir es que: Hoda, estás y siempre estarás en mi corazón. Y tengo la firme convicción de que se cumplen en ti las palabras de Bahá’u’lláh:
“…si el alma ha transitado por los caminos de Dios, ciertamente regresará y será recogida en la gloria del Amado.”
Glòria Sant